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LA
PIRÁMIDE ESCALONADA
La primera tumba de piedra jamás construida se atribuye
a Imhotep, el arquitecto de Zóser. El nombre de este
arquitecto se encontró al pie de una estatua del faraón,
cerca de la tumba. Los logros de Imhotep eran legendarios
ya en la antigüedad. La inmediata posterioridad lo consideró
no sólo arquitecto sino mago, astrónomo y padre
de la medicina. En tiempos saítas fue deificado y se
consideró hijo de Ptah. Los griegos lo asimilaron a
su dios de la medicina, Asclepios. La tumba de Zóser,
que iba a inaugurar de algún modo la época de
las pirámides, se pensó al principio como una
mastaba.
No
se construyó aisladamente, sino formando parte de un
conjunto de edificios y patios de piedra relacionados con
diversas ceremonias funerarias dedicadas al faraón.
El núcleo del monumento consiste en una estructura
sólida a modo de caja alargada cuyo interior está
formado por bloques de piedra traída de las proximidades
y el exterior de caliza fina procedente de las canteras de
Tura, más lejanas. En la parte norte se había
empezado a construir un templo funerario, pero antes de que
se concluyera se decidió extender la pirámide
por sus fachadas norte y oeste. Finalmente una última
ampliación de la pirámide afectó a sus
cuatro lados. Se completaron los seis peldaños y el
conjunto se revistió con piedra caliza de Tura. La
parte subterránea de este conjunto consistía
en un pozo profundo que daba acceso a un complicado laberinto
de corredores y cámaras de diversos tamaños.
LAS
PIRÁMIDES CLASICAS
Está claro que la pirámide tal como hoy la entendemos,
monumento de base cuadrada y lados en rampa hacia la cumbre,
deriva de la pirámide escalonada. Afortunadamente se
puede conocer esa transición gracias al estudio de
los restos de una pirámide parcialmente destruida en
Meidum. Esta pirámide estaba formada por un núcleo
compuesto de varias capas de mampostería que disminuían
en altura desde el centro hacia los lados y se apoyaban sobre
un cuerpo central formando un ángulo de 75 grados.
Parece ser que este mismo método fue empleado por los
constructores de las pirámides de la V dinastía.
No es absolutamente seguro, sin embargo, que las tres pirámides
de Gizeh se construyeran
siguiendo
este sistema. Como norma general, la tumba real debía
estar situada al oeste del Nilo, lugar de la puesta del sol,
y por encima del nivel del río, para evitar que las
inundaciones periódicas afectaran al monumento.
Por otra parte no podía construirse muy lejos del río,
ya que las piedras se transportaban desde las canteras por
vía fluvial. Lo ideal era que además no se encontrara
demasiado retirada de algún núcleo urbano. Una
vez elegido el lugar, había que preparar el terreno
limpiándolo de toda la arena superficial hasta dar
con la roca viva, donde debían afirmarse los cimientos.
Esta roca se nivelaba por medio de un complejo procedimiento.
A veces, sin embargo, se dejaba una prominencia en el centro
y se aprovechaba en la construcción de la futura pirámide.
Por último se aseguraban de que los cuatro lados del
monumento estuviesen orientados hacia las cuatro puntos cardinales.
La orientación de la pirámide debió hacerse
con ayuda de varios cuerpos celestes, puesto que los egipcios
desconocían la brújula. El faraón marcaba
la línea de los cuatro lados una vez observada la posición
de las estrellas. En esta observación le ayudaba un
sacerdote en representación del dios Thoth.
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