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Sigo
avanzando en la arena, sigo acumulando altas impresiones cromáticas
del paraíso de las imágenes, todos los ángulos
coinciden en una extraña experiencia. Un soldado vestido
con gruesos trajes negros me invita a entrar en una tumba
con gran amabilidad, su lenguaje de pronunciación nasal
y fuerte es desconocido para mí, sin embargo comprendo
su intención que no es otra, que la de recibir alguna
propina por su vigilia; prosigo para ver el lomo de un animal
mítico y salvaje, su cola se enrosca de un lado y echado
sobre un bache, pareciera guarecerse del sol para emprender
la cacería y atrapar a una presa débil e indefensa.
Su tocado es de maravilla, su mirada de presunción
dogmática, su espera es de cuatro millones de lunas
y soles, su barba esta caída, su nariz fue bombardeada,
sus dibujos son infinitos, su tez está velada, su altura
es magnifica, su historia es desconocida, su herencia es la
vida, sus patas son gigantes, su estela está borrada,
su templo está vació, su arena está perdida,
sus protectores han huido, el clima es su peor enemigo, su
nombre: esfinge, su celda es toda Giza.
Como permanecer sereno ante la presencia de un edificio antropomórfico
tan sublime, un cuerpo de un animal poderoso que acecha hacia
el sur de las riveras, allá donde la gacela emprende
veloz huida temiéndole a la evolución del felino.
Su cabeza androcéfala, reta a los reyes de las dos
tierras, reta a los Césares, a los jefes militares
y reta a Dios, postrándose ante el horizonte, sin inmutarse
con el poderoso sol que tiende a salir de él. Una estructura
que se yergue sobre la arena como la escultura de piedra más
grande del mundo. Construida sobre un risco natural, vio incluso
las violentas lluvias monzónicas del África
cuando el Sahara aún reverdecía con plantitas
de pequeñas flores y las brisas llevaban polen y diminutas
semillas para depositarse en sedimento seguro y crecer con
nuevos tallos. No había arena ni silencio, todo era
un cantar de pájaros azules que ensayaban sus maniobras
acrobáticas de vuelo rápido. Su regia mirada
vio pasar a niños que fantaseaban con ella, esos pequeños
hombres con el tiempo serías dioses y casi tan inmortales
como ella. Tutmosis incrédulo la imagino desprendiéndose
de su mazmorra de arena. Amenofis quedo prendado para siempre
en ella. Ramsés II juró ser tan grande como
sus constructores. Alejandro Magno la miró a los ojos.
Cleopatra la dibujó en un papiro. Julio Cesar envidió
su paciencia. Y un carpintero de Nazareth seguramente medito
ante ella, él, con sus piernas cruzadas y su mirada
al cielo tembló ante la santa presencia de su paz,
para luego ser llamado hijo de Dios y partir la numeración
cíclica del tiempo.
El desgaste de su tallada base muestra el rastro del agua
antigua, mientras aun mi imaginación vuela en traducciones
de hojas quebradizas encontradas en cámaras a 17 metros
bajo sus pies. Sus templos no están en Giza, ella es
anterior. Su templo está en nuestra psique y en nuestra
alma, su tocado pasmoso e irreverente la somete a la observación
profana de doscientas sesenta mil personas al día;
y durante la noche, cuando todo parece calmarse, perversas
luces artificiales la incendian nuevamente, no hay descansos,
no hay paz para ella, los días son ya demasiados y
teme no soportar uno más.
Cada día transcurrido es un éxito, y aunque
diez personas mantienen las lápidas en su lugar, ella
suplica la serenidad y la alegría de los días
que vio pasar, ella misma sueña con volver a sus arenas
y cubrirse del terrible frió nocturno... cuando el
faro y el láser se apagan ella queda desnuda ante los
elementos. La contaminación de las fábricas
parte su piedra y su sonrisa, el humo y la burla de los camellos
la hace llorar. Ella es débil y delicada. Ella es humana
y está viva. Su ka está entre nosotros.
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