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La Esfinge de Giza

Las horas de caminos que separan el desierto de mi morada original, parecen interminables, cuando siento las altas temperaturas de estos suelos, descubro que no son más que los mismos espacios dibujados en mis cuadernos de la infancia. Amplios lugares libres, cubiertos por nubes de arena fría, que súbitamente se suspenden al cielo azul y pintan los lienzos antiguos con colores ocres y degradados. No hay soportes de hilo, ni aceites bituminosos, se extralimitan los recursos. Con solo dos rocas, un cincel tosco de cobre y algunas cuñas húmedas de madera, un obrero construye una vívida esfinge con rostro faraónico, para decorar el templo a las orillas del rio.
Parece ser que el Génesis bíblico ha transcurrido entre el limo y la sílice, todos sus milagros y creaciones están en este continente y no en las junglas húmedas de América, esta tierra de divergencias atmosféricas refleja tal dedicación de los dioses, que los detalles son observados como magnánimas producciones de una mente divina que suele pasearse en un estrato superior al nuestro. Aquí un día lejano, el hombre imaginó mientras el sueño lo envolvía, que quería ser como esos seres extraños tallados en alabastro y granito. Se sobrepuso a su humilde mortalidad y talló el mismo cielo, produciendo un ruido corto y fuerte, en ondas que aumentaron con los siglos y que han llegado hasta nuestros días, como ecos distantes para hablarnos de la mano que empuñaba la herramienta; como a través de un túnel en la tierra húmeda, el susurro llega a nuestros oídos con una fuerza multiplicada cuarenta veces por la eternidad, y ahora mis sentidos retumban ante los gritos ególatras de mil doscientos sesenta narradores que me dictan sus opiniones sobre asuntos usuales del pasado. Un espíritu en su viaje me habla de la inundación; otro aferrado a mis teclas me enseña como sentir el aleteo que hace levantar el vuelo de la ibis.
Danzas, pan, reses, incienso y madera: todo viene a mis notas en desfile milenario de exhibición antigua. Como ofrendas en Sakkara.
Una estatua anónima y sola en Giza, sedente grita sus lamentos, a lo lejos veo sus cicatrices, su llanto petrificado por el sol poderoso que domina Ra, junto a ella, la arena acumulada del desierto, sus manos mutiladas sobre sus rodillas, sus cartuchos reales borrados, su nariz partida tres veces... y algún visitante irrespetuoso y común, ha osado colocar en sus piernas los residuos de su hogaza moderna. Atónito y sorprendido libero a la talla de su multicolor basura y una película fotosensible la capta en mis notas. Inmolada durante siglos ha permanecido recibiendo ultrajes por cada época distinta, ignorando el victimario que aún luego de su muerte lenta en un lecho habitual, ella permanecerá aquí: paciente y sentada aún.

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