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EL REY HEREJE
EL FARAÓN DE TELL EL-AMARNA
Durante
diecisiete años, de 1364 a 1347, Egipto va a conocer
una extraña aventura bajo la dirección de Amenofis
IV-Akenatón. Este reinado marca una ruptura en la evolución
histórica de Egipto. Elogiado por unos considerado
como un loco por otros, Akenatón es una figura excepcional.
Cambió de nombre, modificó las tradiciones religiosas,
creó una nueva capital, intentó organizar una
sociedad diferente. Su evolución interna no hizo de
él un místico estéril, ya que consiguió
poner en práctica sus visiones, actuando en nombre
del poder real de que estaba investido.
Akenatón, era el hijo menor de Amenofis III, noveno
faraón de la XVIII dinastía, y Tiye, por lo
que el trono de Egipto estaba reservado para su hermano mayor,
Tutmosis, que murió prematuramente.
Con
la muerte de su hermano mayor, Akenatón se convirtió
en el príncipe heredero de Egipto y paso en Tebas los
cuatro primeros años de su reinado y, siguiendo la
tradición de todos los faraones del Imperio Nuevo,
emprendió una amplia política constructora.
Pero lo verdaderamente importante es que en su fase tebana,
Akenatón va relegando al clero de Amón e introduciendo
a Atón en la iconografía real y construyéndole
templos. Estos, como era costumbre en Egipto, necesitaban
de rentas para su mantenimiento, por lo que Akenatón
disminuyó las que disfrutaban los templos de Amón
en favor de los de Atón. Esto último haría
que la hostilidad del clero de Amón fuera cada vez
mayor, favoreciendo posiblemente la decisión del faraón
de abandonar Tebas y crear una nueva capital para Egipto.
No cabe duda alguna de que Akenatón, fue mucho mas
pensador y filósofo que sus antecesores. Amenofis III
había reconocido el creciente poder de los sacerdotes
de Amón y había intentado domeñarlo;
su hijo iría aún más lejos introduciendo
un nuevo culto monoteísta de adoración al sol
que se encarnaba en el disco solar, el Atón. Pero ¿por
qué la fundación de una nueva capital? Evidentemente,
Amenofis IV prefería un lugar nuevo, virgen, donde
pudiera levantar la ciudad que él deseaba para el dios
Atón, pero también influyeron los conflictos
ya señalados con el poderoso e influyente clero de
Amón.
La
primera visita la realizo junto a Nefertiti y altos cortesanos,
en el cuarto año de su reinado. En ella declaró
que Atón se le había revelado y prometió
construir la ciudad. La segunda visita acaeció en el
sexto año de su reinado, coincidiendo con el traslado
definitivo de la corte, y fue en esta fecha cuando el faraón
cambió su nombre, Amenofis IV, por el de Akenatón
y llamo a la nueva ciudad, Ajetatón.
De acuerdo con los datos actuales parece que sólo los
escalafones superiores de la sociedad abrazaron la nueva religión
con fervor (y quizá sólo fuera aparente). A
gran escala, en todo Egipto, el nuevo culto no parece haber
tenido gran repercusión en un nivel popular, salvo,
por supuesto, en el desmantelamiento del clero y la clausura
de templos.
La burocracia prosiguió sus esfuerzos para gobernar
el país mientras el rey veneraba a su dios.
Akenatón
fue abandonando el gobierno y a los diplomáticos a
sus propios recursos, la autoridad civil y militar acabó
en manos de dos poderosas personalidades: Ay, que tenía
el título de "Padre del Dios" (y es probable
que fuera suegro de Akenatón), y el general Horemheb
(también yerno de Ay, puesto que se casó con
su hija Mutnodymet, hermana de Nefertiti). Ambos hombres se
convertirían en faraones antes de que concluyera la
dinastía XVIII. No cabe duda de que esta temible pareja
de altos funcionarios estrechamente emparentados lo mantuvieron
todo bajo control de modo discreto, mientras Akenatón
perseguía sus propios intereses filosóficos
y religiosos.
Estos conflictos se suman a problemas internos de la familia
real: la muerte de la hija mayor y preferida de Akenatón,
Meritatón, coincide con el comienzo del declive de
Nefertiti y el ascenso de una de sus hijas, Maruaten, que
reemplazará a su madre en la iconografía real.
El ostracismo de Nefertiti ha sido interpretado como el abandono
por su parte de las ideas y proyectos de Akenatón.
Akenatón murió probablemente en el año
dieciséis de su reinado, y quizá no fue enterrado
en la gran tumba familiar que había hecho construir.
La ciudad fue abandonada y la ciudad del sol volvió
al silencio del desierto.
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